CUANDO LA LECHE DE VACA CAE MAL (Alergia a las proteínas de la leche de vaca)

La alergia a una o más proteínas de la leche de vaca (APVL) es una reacción muy perjudicial en algunas personas, cuando ingieren las proteínas lácteas contenidas ya sea en la mamadera, en alimentos preparados con leche e incluso cuando se amamantan.
Los síntomas pueden aparecer ya a los primeros días de vida. Las molestias pueden ser punzadas al vientre, regurgitaciones, vómitos y colitis con sangre. En otras oportunidades se producen dermatitis atópicas o molestias respiratorias, como coriza, bronquitis obstructiva y asma. El paciente también puede tener dificultades para dormir, irritabilidad y llanto incoercible. Incluso, puede ser que el niño no suba de peso, aunque la cantidad de alimentos sea el adecuado.
Si bien la relación entre la APVL ya sea caseína o una lacto albúmina, se conoce desde hace muchos años, recién en el último tiempo se ha logrado desarrollar exámenes confirmatorios y ofrecer una opción nutritiva satisfactoria a estos niños.
En Chile está pasando algo lamentable. Históricamente las madres amamantaban largo tiempo, pero desde fines de los años 70, el período de lactancia ha ido disminuyendo. Esto ha hecho que el lactante chileno esté cada vez más expuesto a alimentarse con fórmulas lácteas desde edades más tempranas, facilitando la crisis que comentamos.
Al igual que otras alergias de origen alimentario, el gatillante final es una inmunoglobulina E – IgE – que hoy puede determinarse tanto en una muestra de sangre como a través de test cutáneos. Pese a ello, aún de usa como gold estándar la prueba de retirar todos los productos lácteos de la alimentación para ver si el aparato digestivo se sosiega y luego de unos 15 a 20 días volver a introducirlos. Si reaparecen las molestias es altamente probable que alguna sustancia contenida en la leche de vaca sea la causante de tantos malestares en el paciente.

Todavía quedaría por aclarar si la alergia es de origen proteico o del azúcar de la leche – la lactosa – si bien las molestias por esta última son mucho menos dramáticas.
El hecho de que un lactante tenga alergia a algunas de las proteínas de la leche de vaca y se alimente sólo al pecho, no es mérito suficiente para descartar la alergia. Si la madre ingiere leche de vaca, lo que comúnmente sucede, pequeñas fracciones proteicas – los péptidos- que no alcanzan a ser completamente metabolizados por el intestino materno, traspasan esta barrera y a través del torrente linfático llegan a la glándula mamaria materna que los utiliza para sintetizar su propia leche, pasando, así, al bebé, desencadenando la tormenta de llanto.
No olvidemos que se trata de una alergia: bastan unas cuántas moléculas para prender la hoguera de los gritos, retortijones, hematoquecia y el restos de los síntomas. No dependen de la cantidad: basta que estén presentes, solamente.
La industria ha desarrollado leches hidrolizadas en que la caseína ya no es una enorme cadena, sino sólo fracciones irreconocibles. Si con ello no bastara, todavía quedan las leches aminoacídicas, mucho más modificadas aún, que no tienen ninguna cadena proteica. Estas han sido fraccionadas hasta su nivel estructural mínimo, los aminoácidos, que no tienen potencial alergénico alguno. De lo anterior se desprende que en esta intolerancia / alergia hay que considerar la diada madre hijo. A ambos hay que suprimirles este vital líquido, para ver si con la contraprueba reaparecen o no las molestias. Si verdaderamente se trata de una alergia, bastará que la madre se coma una natilla asada para que se reavive el incendio. Por esta razón el tratamiento debe ampliarse a todo producto lácteo de origen bovino que pudiera ingerir la madre, además de la fórmula infantil del niño.

El problema que aparece es que la dieta sin leche para la madre es difícil de cumplir y la preparación de un biberón alternativo para el bebé es costosa y poco apetecida, por su desabrido sabor.
El tratamiento debe mantenerse hasta alrededor de un año. En ese momento se prueba, tímidamente, con un yogurt o leches asadas para ver si no hay aparición de las molestias.
No se puede dejar pasar un comentario sobre la digestibilidad de la lecha de vaca, concepto conocido ya en el tiempo de nuestras bisabuelas, cuando no existía la leche en polvo y sólo se consumía leche fresca, pasteurizada. En esos años no había cómo afinar el diagnóstico ni mucho menos la existencia de leches hidrolizadas o aminoacídicas. En esa época se probaba con leche de cabra o de burra que, a veces, no desencadenan alergia cruzada.

Todavía suele verse algún burrero recorriendo las calles no muy transitadas de Santiago y de otras ciudades ofreciendo su preciado alimento.
La otra posibilidad ha sido aumentar la digestibilidad de la leche de vaca, ya sea hirviéndola, diluyéndola a la mitad con agua o acidificándola con un chorrito de jugo de limón.
Intolerancia a la lactosa
Existe otra reacción anormal frente a la ingesta de leche bovina, que es la intolerancia a la lactosa, el azúcar de la leche. Se emplea el término intolerancia en vez de alergia, porque en el intestino de algunos niños no se produce el fermento que hidroliza la lactosa de la leche – la lactasa – de modo que el organismo no la aprovecha, acumulándose anormalmente en el intestino. Los síntomas debidos el aumento de este azúcar son menos violentos.
En la intolerancia a la lactosa del niño, éste nace sin la enzima. En el adulto, en cambio, el déficit puede presentarse debido a la pérdida paulatina del fermento con los años.