CUÁNDO DEBE PREOCUPARNOS LA FIEBRE EN EL NIÑO

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La fiebre, entendida como la temperatura axilar mayor a 38°C es uno de los síntomas más sensibles para señalar que algo marcha mal en la salud de una persona, particularmente si se trata de un niño.

Generalmente las alzas de temperatura se asocian a un mecanismo de defensa del organismo frente a las infecciones. O sea, se interpreta como una reacción del cuerpo para expulsar a los microbios dañinos. Esto es parte de la verdad, ya que hay muchos cuadros no infecciosos que también pueden dar fiebre.

Es importante señalar que la temperatura normal no es un valor parejo para todos y que a lo largo del día hay oscilaciones. Así, muchos niños sanos tienen en la mañana 36.3 a 36.5 C y en la tarde se puede empinar sobre los 37 grados. Cada niño tiene su propia curva térmica, que como cualquier signo biológico tiene bastante dispersión frente a lo que se considera “el promedio normal”, dando por hecho que la temperatura se ha registrado correctamente. Esto significa que si la fiebre se va a medir en la axila, ésta debe estar sin sudor, el termómetro debe colocarse paralelo al brazo, con su bulbo en el fondo de la cavidad axilar y la habitación debe estar a una temperatura confortable. Hay quienes prefieren medir el parámetro en el recto, por ser su valor más cercano al que tienen las vísceras internas. En niños mayorcitos puede medirse en la boca.

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El alza térmica se produce porque se altera el centro regulador que tenemos en la intimidad del cerebro, a consecuencias de las toxinas microbianas – los pirógenos – de modo que el equilibrio entre la producción y pérdida del calor corporal ya no es a 37°, sino que más elevado. La fiebre, así definida, es un síntoma que hay que vigilar y relacionarlo con otras molestias del niño para que nos ayude a encontrar el origen del problema. Una equivocación bastante corriente es bajar la fiebre con algún fármaco, sin tener claro cuál es su origen. Se borra, así, una guía muy útil para aclarar si estamos frente a un cuadro infeccioso o no, obligando al médico a tomar exámenes de laboratorio que podrían haberse omitido. Lo que deben hacer los padres es fijarse si el niño febril tiene o no compromiso de su estado general – habitualmente no lo tiene – y anotar cada dos a cuatro horas los valores de temperatura que se han encontrado, a objeto de graficar una curva térmica, que resultará muy útil.

Si se produce un alza térmica por sobre los 38°C sin mediar la acción de los pirógenos, por ejemplo en un “golpe de calor” en un niño encerrado en un automóvil al sol, hablamos de hiperpirexia, cuadro igualmente grave, pero ejemplo elocuente de que hay fiebrones de etiología no infecciosa.

La fiebre es un signo, que se mide con un termómetro que indicará un valor preciso. La sensación febril es un síntoma, que el médico debe analizar acuciosamente en la anamnesis o conversación con el enfermo, averiguando desde cuando está presente, si hay o no compromiso del estado general, presencia de calofríos y otros síntomas.

Si se enfoca así el tema, es difícil señalar criterios muy rígidos para decidir cuándo consultar al médico porque el niño está febril, sin caer en la consulta innecesaria, ya que cerca de 2 de cada 3 niños menores de dos años habrán sido llevados a un servicio de urgencia por este signo, resultando que una alta mayoría tuvo una fiebre transitoria de etiología desconocida o se trató de un cuadro banal. Sin embrago, pueden ser útiles los siguientes criterios para consultar al médico:

a) fiebre en el niño menor de un mes de vida

b) fiebre acompañada de otros síntomas o signos mayores, como vómitos, diarrea, dolor de cabeza, dolor abdominal, somnolencia o irritabilidad, manchas en la piel, dificultad para respirar o cojera.

c) fiebre sin mayor compromiso del estado general que se prolonga por más de cuatro días.

d) antecedentes de convulsiones

El niño menor de 1 mes que está con fiebre representa un desafío para el médico de urgencia, por la escasez de síntomas asociados y porque cuando se origina por una infección bacteriana, ésta tiende a ser grave. Como si fuera poco, hay que considerar que se trate de una infección adquirida en el canal del parto, que debuta en forma tardía, como la listeriosis y las infecciones por estreptococo del grupo B.

En el otro extremo, están los lactantes y niños de menor riesgo, que tienen buen aspecto general, estaban sanos antes del episodio febril que es de corta evolución y no hay evidencia de infección al examen físico.

Si los padres no saben la causa de la fiebre, no deben usar fármacos para bajar la temperatura, a excepción del antecedente de convulsión febril.

Sin embargo, pueden ser muy útiles para el bienestar del niño medidas anti térmicas físicas, como introducirlo en una bañera con agua tibia, administrar líquidos en abundancia y quitarle todo exceso de ropa.

La convulsión febril merece un comentario propio por su elevada frecuencia y por la inmensa angustia que produce en los padres. Ésta se presenta entre los 3 meses y 3 años. Se trata de una crisis que se produce en las primeras horas de una enfermedad febril, generalmente de tipo respiratorio, de corta duración, de manera que cuando el niño llega a Urgencia las sacudidas musculares ya han pasado.